¡Hablémoslo con nombre y apellido!

Esta tarde recibí la llamada de una amiga quien tenía ya un tiempo de estar preocupada por el hijo de una amiga cercana y quería saber que hacer. Como ella hay varios que nos hemos encontrado en el mismo lugar y que hemos observado algo que nos llama la atención de nuestro sobrino, vecino o hijo de algún amigo cercano.  Sin saber qué hacer seguimos tan solo observando y nos vemos en la angustia de ver conductas que nos llaman la atención; notamos que “algo hay” pero no sabemos qué es y mucho menos sabemos qué hacer con lo que vemos. Observamos a esos seres queridos sufrir una situación en silencio y a solas pero de alguna manera, evidente para algunos que les rodean.

Me refiero a aquellas familias que en algún momento se nos rompe la ilusión de saber a todos nuestros hijos sanos y felices.  El sueño para cada familia es un tanto diferente pero en la base de lo más cercano a nuestras almas está el deseo de saber a  todos nuestros hijos desarrollarse felizmente.

Habemos algunas familia que tenemos un hijo, o en algunos casos más de uno, que en algún momento se sale de ese sueño feliz. Desafortunadamente no se sale de la manera ruidosa que sucede con situaciones que gritan “auxilio mi hijo tiene tal enfermedad” o “mi hijo tiene con certeza tal o cual”. No, los nuestros se van saliendo poco a poco, va sucediendo lento y silencioso. Pero aunque no sabemos por qué, o no queremos saber, tarde o temprano realizamos que nuestro hijo es diferente. No importa si es que no habla como otros, no socializa como otros, no gatea, camina, salta, lee, escribe o pinta como otros. No importa cual sea la diferencia el punto es que hay una situación que va creciendo y sacándonos del sueño que teníamos para él o ella.

Pues bueno, al igual que esas madres o padres de ahora, yo hace casi 20 años también estuve ahí. Dos de mis tres hijos me sacaron del “sueño feliz”; no puedo ya describir los años de angustia y desolación que viví. Quien sabe cuantos hicieron la misma llamada de auxilio en mi nombre intentando ayudar. Yo probablemente nunca me percaté de ello; no estaba lista para que nadie se me acercara.  Quizás no quería enfrentar lo inevitable, nombrar lo innombrable, o perder la esperanza que lo que fuera que estuviera pasando se iría por sí solo. Sin duda buscaba minimizar el peso de lo que pasaba y buscar salidas sin tener que caer en la realización que dos de mis hijos tendrían un desarrollo diferente.

Hoy se que el camino no fue fácil: las caídas y momentos difíciles son innumerables y los pasos en falso e inseguros inevitables; pero también sé que sí se puede lograr llegar al sueño de un desarrollo feliz para nuestros hijos. Sin duda será un sueño diferente al que inicialmente teníamos en la mente, pero será un sueño feliz. 

En respuesta a esas múltiples llamadas que he recibido de personas que observan con angustia a seres queridos sin saber qué hay y qué hacer con lo que ven es que escribo estas humildes líneas.

Mi respuesta es que la tarea es de todos. La tarea es de toda una sociedad en pro a las diferencia de aprendizaje y desarrollo, en pro a educarnos y a entender en qué radica un desarrollo típico y un desarrollo atípico en un niño; en qué son esas conductas “extrañas” y cómo están relacionadas con una diferencia neurológica; cómo nos hacemos todos conscientes de un tema que nos afecta a casi todos de alguna manera u otra y  sin embargo, seguimos sin nombrarlo, sin reconocerlo y sobre todo ignorándolo.  Estoy convencida que la angustia y resistencia que nuestras familias tienen para dimensionar lo que enfrentan es en gran parte por la falta de reconocimiento de estos temas. El temor a lo desconocido nos paraliza. Pues bien, yo diría hagámoslo conocido. ¡Hablémoslo con nombre y apellido!

Por: Alessandra Zamora

0 400
Ana Luisa Castro